Asshai en superficie

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Sin embargo, la Asshai de la superficie no tenía nada que envidiarle a su compañera subterránea. Sus grandes palacios, sus patios ocultos y, sobre todo, sus escuelas del saber eran referencia en el mundo conocido.

La urbe comenzaba en el puerto: allí se juntaban balleneros ibbeneses, barcoluengos de las Islas del Hierro y galeras de las Ciudades Libres que traían sus productos al Gran Mercado. El puerto era una ciudad aparte: decenas de casas encaladas de tejados rojizos que se desparramaban desde las murallas hasta el Paseo y la Gran Plaza del Puerto; casas que acogían posadas, tabernas y burdeles para entretener a los visitantes y mercaderes. La plaza del puerto siempre hervía en actividad: infinidad de puestos exponían joyas, vinos, carnes, frutas y telas venidas de todos los lugares, desde Sothoryos hasta el Muro, pasando por el Rejo, Myr y Vaes Dothrak.

La plaza estaba dominada por la Escalinata, tallada en la roca negra de los acantilados y que daba paso a la Explanada Alta, del mismo tono negro de la roca madre, a la que se abrían las puertas de la ciudad.

Las puertas de la ciudad eran majestuosas: realizadas en oro, vidriagón y madera de arciano eran tan altas como seis hombres uno encima de otro y lo suficientemente anchas para que quince hombres entraran a la vez. Al lado de la puerta se encontraba el Torreón del Puerto, una edificación de granito, dos veces más alta que la muralla, desde la que se vigilaba la actividad comercial de los muelles.

La muralla, sin embargo, era lo que de verdad destacaba en la explanada: construída en granito y vidriagón y rematada en jade rodeaba toda la ciudad, serpenteando por los riscos de la Punta y destacando contra el azul de los Estrechos del Azafrán.

Al otro lado de los puertos estaba la Plaza de la Ciudadela, un espacio lleno de árboles y de gente; unos predicando, otros paseando y siempre algún que otro pícaro que corría fuera del mercado. La plaza tenía una forma irregular, con una gran fuente blanca en el centro. Cuatro edificios, los cuatro poderes, se localizaban en la plaza: el Gran Templo de Asshai, la Torre de la Biblioteca, el Palacio de la Senescalía y la Casa de las Mil Cámaras.

El Gran Templo era lo primero que se observaba una vez cruzadas las puertas de la ciudad. Cuatro torres de arenisca se elevaban y parecía que tocaban el cielo, rodeando el cuerpo principal del templo. La fachada frontal era una gran arquería que daba paso a la nave principal, un gran espacio abierto en el que destacaba el Altar de la Fragua, aquel en el que Azor Ahai forjó su espada y en el que se encontraba una estatua del héroe y su mujer, Nissa Nissa, en el momento en el que Portadora de Luz se hunde en el pecho de la mujer; la estatua estaba realizada en bronce y ornamentada con rubíes, diamantes y vidriagón y brillaba con luz propia. Las naves laterales eran el hogar de los altares de sacrificio, donde los sacerdotes del templo recogían las ofrendas al Señor de Luz.

La torre de la Biblioteca se alzaba diez plantas por encima del suelo y era una continuación de la torre subterránea. Era idéntica a la parte bajo tierra, con el mismo recubrimiento de mármol blanco; sin embargo, en la superficie el blanco inmaculado estaba roto por arbotantes de granito de la Sombra que surgían del suelo y agarraban la torre como si de una gran mano negra se tratara. El tejado de la torre estaba compuesto de tejas rojas de arcilla y decorado con vidriagón, ámbar y oro.

El Palacio de la Senescalía era el centro del poder de la ciudad de Asshai de la Sombra, la residencia del Gran Senescal de la ciudad, su oficina personal, las dependencias del Gran Consejo y las de la Junta de Notables de la ciudad estaban en su interior. El palacio era de la misma arenisca roja que recubría toda la ciudad, pero en él destacaban grandes placas de granito gris en las que se narraba en relieve la historia de Asshai desde su fundación en tiempos inmemoriales. Su fachada, principalmente lisa, estaba rota por los mencionados paneles de granito y por cuatro torreones de arenisca.

La Casa del Oro no destacaba por su opulencia: de ladrillo rojo y con tejado de arcilla se mimetizaba con los edificios de alrededor. Aun así, por dentro era absolutamente deslumbrante: suelos de mármol blanco y negro ornamentados con oro, columnas de pórfido verde adornadas con motivos vegetales, y un largo mostrador de madera, cristal y jade presidiendo la estancia. En aquel edificio se controlaba el capital de la ciudad y del mundo. La Casa del Oro de Asshai prestaba dinero a las más importantes organizaciones, desde el Banco de Hierro de Braavos a los Trece de Qarth.

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Asshai Bajo Tierra

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La magia de Asshai estaba en sus túneles. Entraban y salían de la roca por doquier, recorriendo el subsuelo de la ciudad y vertebrando la infinidad de viviendas que había bajo la ciudad visible. Y es que era allí, bajo la Asshai de los tejados rojos y de jade, donde la urbe bullía en actividad. Allí abajo era donde los mercaderes comerciaban con su mercancía en los grandes puestos del Mercado Bajo Tierra, donde los ciudadanos se entretenían hablando, donde los carros circulaban. Los túneles estaban ricamente decorados, con tallas sobre dragones, magos y héroes de antiguo; con grandes columnas negras ornamentadas soportando las bóvedas; con cálices gigantes de fuego blanco que iluminaban las galerías.

Cinco niveles había construidos bajo tierra, comunicados por escaleras. En el quinto nivel, el de la ciudad original, había incluso canales, en una suerte de Braavos subterránea; el Canal Mayor, tan ancho como el lejano Muro y tan profundo como el río Rhoyne, servía como vía principal de la Ciudad Bajo Tierra, recorriendo hacia arriba los cinco niveles.
Al final del Canal Mayor se encontraba la Plaza del Mercado, el centro neurálgico de la Asshai dentro de la roca. La plaza, de suelo rojo y blanco, era pentagonal, con un gran foso de fuego en el centro representando el poder del Señor de Luz. En ella se concentraba todo el poder de la Ciudad: el Palacio Subterráneo, hogar del Gran Senescal Bajo Tierra; el Mercado Bajo Tierra, centro del comercio de la urbe junto con el Mercado de la Fruta en superficie; la Torre de la Biblioteca, el único edificio que sobresalía de la Ciudad Bajo Tierra y surgía en el centro de la Asshai superficial, dominando ambas urbes, y el Gran Templo Bajo Tierra, templo a todos los dioses.

El Palacio Subterráneo era una majestuosa construcción de mármol negro que comenzaba en la Plaza del Mercado y alcanzaba las bóvedas de la ciudad. En él vivía el Gran Senescal Bajo Tierra, el gobernante supremo de la Urbe subterránea y el encargado de repartir justicia. Cuando yo visité la urbe el cargo lo desempeñaba Saihe-Yi, hijo de la Sacerdotisa Madre.

El Mercado Bajo Tierra no era más que una prolongación de la Plaza del Mercado. Sin embargo, los dos espacios no tenían nada en común. El Mercado era uno de los pocos lugares de la ciudad subterránea abierto al cielo. Su suelo estaba lleno de mosaicos en vivos colores que representaban historias de héroes de todo el mundo conocido, desde la misma Asshai hasta la Torre Sombría, y resplandecía a la luz del mediodía. Estaba rodeado por una columnata que recorría todos los laterales hasta el tejado, dos plantas por encima de la superficie. En total, siete plantas tenía el Mercado Grande de Asshai, siempre bulliendo en actividad en mil lenguas teñidas de mil colores y perfumadas con mil aromas. El Mundo en Miniatura, algunos lo llamaban, y tenían razón. Mercaderes de todas las tierras conocidas, de las Islas del Verano a las Ciudades de los Hombres sin Sangre, venían a Asshai a vender y comprar las más finas telas y los más preciosos manjares.

La Torre de la Biblioteca era el edificio más alto de la ciudad. Recubierta de mármol blanco inmaculado y rodeada de agua, destacaba sobremanera en ambas realidades, el subterráneo y la superficie. El tramo bajo tierra de la torre era soberbio. Mármol blanco inmaculado cruzado por vetas de color crema y sólo roto por las numerosas ventanas que recorrían en espiral el interior de la torre. La esbeltez de la Torre rompía con la sensación de la Ciudad Bajo tierra, que en ocasiones parecía que se iba a volcar sobre las calles. Su interior estaba vedado a cualquier persona ajena a la torre, pero tras los muros de mármol se escondían los secretos de todo el saber del mundo: los secretos del acero valyrio y de la doma de dragones, el origen de las grandes etnias y los hechizos de curación de multitud de enfermedades.

El Gran Templo Bajo Tierra, centro del culto de Asshai, era idéntico a las construcciones de su alrededor. De arenisca roja, el portalón hacía muchos años que desapareció y por el arco donde solía estar fluían torrentes de personas. Sin embargo, su interior era digno del mayor de los templos. Una escalinata de jade que daba paso al gran salón del templo, con las paredes llenas de capillas a cientos de dioses, algunos conocidos como los Siete y otros desconocidos y olvidados, como aquellos de Vaes Dothrak. En el suelo se entremezclaban mosaicos con inscripciones de jade y oro en mil y una lenguas, muchas ya olvidadas en las tinieblas del tiempo.

Más allá de la Plaza del Mercado los túneles iban haciéndose cada vez más estrechos y tortuosos, hasta un punto en el que un hombre ya cerraba el paso de las callejuelas. Sin embargo, era en aquellas callejuelas intrincadas del primer nivel en las que se encontraban los preciosos patios Asshai’i, vergeles con vegetación de todos los colores, fuentes de gran belleza y estatuas realizadas por los mejores artesanos; unos pocos afortunados tenían el patio abierto al cielo.