Día 0.

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Sin embargo, la Asshai monumental estaba cerrada. Su Plaza del Mercado vacía, sus templos clausurados y sus palacios cerrados a cal y canto.

Las puertas de la Gran Muralla Negra se cerraron tres días después de la muerte del último dragón conocido, ciento cincuenta años atrás. Ahora la ciudad se extiende hacia el norte, fuera de las murallas, y en el puerto, el único resquicio de la ciudad antigua que no quedó bloqueado. La urbe siguió creciendo, fuera de las murallas, hacia el norte, hacia Stygai, y al otro lado del río.

Pero aquel fue un día especial, tal y como yo lo recuerdo. Daenerys Targaryen, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas, Señora de los Siete Reinos y Reina de Meereen, llegó a la ciudad con sus tres dragones. Gentes de todas las tierras conocidas, hijos de los Asshai’i que emigraron cuando la ciudad se cerró, vinieron a ver la apertura de las grandes Puertas de la Muralla. Aquel fue un día de fiesta que será recordado durante mucho tiempo. La ciudad portuaria bullía en actividad, había gente por todos lados y los pocos caminos que llevaban a la ciudad estaban atestados de carros, caballos y demás bestias.

Ambos senescales se preparaban para recibir a la Khaleesi y todo su séquito en los respectivos Palacios de la Ciudad Antigua. También lo hacían los Maestros de la Magia, que ultimaban los detalles y engalanan torres, calles y plazas de la Ciudad Nueva.
Mientras tanto, medio centenar de barcos comenzaron a aparecer en el horizonte.

Al mediodía todo había sido dispuesto en el puerto y los barcos de Daenerys de la Tormenta se dispusieron a entrar en el puerto. Los navíos eran maravillosos, cincuenta galeras pentoshis engalanadas con telas que simulaban alas de dragón. En la mayor de ellas viajaba la Khaleesi, junto a sus jinetes de sangre y, sobre ella, sus tres dragones: Viserion, Drogon y Rhaegal.

Por fin la galera real llegó al puerto. El lord Senescal comenzó a dar órdenes y se dispuso a ayudar a Daenerys a bajar del barco. Después de los saludos protocolarios, Daenerys, junto con ambos Senescales y los siete Maestros Mayores comenzaron a ascender hacia la Explanada Alta. Una vez arriba, la Madre de Dragones se aproximó a las Puertas de la Ciudad para romper las cadenas de la puerta, negras como el azabache, que habían guardado la Ciudad Antigua durante 150 años. Todos estaban expectantes por ver las maravillas de las que sus abuelos les habían hablado y que se escondían tras los muros grises.

Los tres dragones fundieron la cadena, y las puertas de la ciudad comenzaron a abrirse. Sin embargo, no encontraron las grandes torres ni las anchas avenidas que describían las historias. Tras las puertas se hallaba un muro de hierba, blanca como el hielo y tan espesa que no dejaba pasar la luz del sol. La hierba fantasma había tomado la ciudad, como hizo con Stygai aun cuando Valyria no era más que un grupo de pastores.

«Dracarys» se oyó, y los dragones obedecieron. La hierba fantasma comenzó a arder, pero no se consumía.  Tres días y tres noches estuvo ardiendo, y la mañana del cuarto día las llamas cesaron.

Asshai en superficie

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Sin embargo, la Asshai de la superficie no tenía nada que envidiarle a su compañera subterránea. Sus grandes palacios, sus patios ocultos y, sobre todo, sus escuelas del saber eran referencia en el mundo conocido.

La urbe comenzaba en el puerto: allí se juntaban balleneros ibbeneses, barcoluengos de las Islas del Hierro y galeras de las Ciudades Libres que traían sus productos al Gran Mercado. El puerto era una ciudad aparte: decenas de casas encaladas de tejados rojizos que se desparramaban desde las murallas hasta el Paseo y la Gran Plaza del Puerto; casas que acogían posadas, tabernas y burdeles para entretener a los visitantes y mercaderes. La plaza del puerto siempre hervía en actividad: infinidad de puestos exponían joyas, vinos, carnes, frutas y telas venidas de todos los lugares, desde Sothoryos hasta el Muro, pasando por el Rejo, Myr y Vaes Dothrak.

La plaza estaba dominada por la Escalinata, tallada en la roca negra de los acantilados y que daba paso a la Explanada Alta, del mismo tono negro de la roca madre, a la que se abrían las puertas de la ciudad.

Las puertas de la ciudad eran majestuosas: realizadas en oro, vidriagón y madera de arciano eran tan altas como seis hombres uno encima de otro y lo suficientemente anchas para que quince hombres entraran a la vez. Al lado de la puerta se encontraba el Torreón del Puerto, una edificación de granito, dos veces más alta que la muralla, desde la que se vigilaba la actividad comercial de los muelles.

La muralla, sin embargo, era lo que de verdad destacaba en la explanada: construída en granito y vidriagón y rematada en jade rodeaba toda la ciudad, serpenteando por los riscos de la Punta y destacando contra el azul de los Estrechos del Azafrán.

Al otro lado de los puertos estaba la Plaza de la Ciudadela, un espacio lleno de árboles y de gente; unos predicando, otros paseando y siempre algún que otro pícaro que corría fuera del mercado. La plaza tenía una forma irregular, con una gran fuente blanca en el centro. Cuatro edificios, los cuatro poderes, se localizaban en la plaza: el Gran Templo de Asshai, la Torre de la Biblioteca, el Palacio de la Senescalía y la Casa de las Mil Cámaras.

El Gran Templo era lo primero que se observaba una vez cruzadas las puertas de la ciudad. Cuatro torres de arenisca se elevaban y parecía que tocaban el cielo, rodeando el cuerpo principal del templo. La fachada frontal era una gran arquería que daba paso a la nave principal, un gran espacio abierto en el que destacaba el Altar de la Fragua, aquel en el que Azor Ahai forjó su espada y en el que se encontraba una estatua del héroe y su mujer, Nissa Nissa, en el momento en el que Portadora de Luz se hunde en el pecho de la mujer; la estatua estaba realizada en bronce y ornamentada con rubíes, diamantes y vidriagón y brillaba con luz propia. Las naves laterales eran el hogar de los altares de sacrificio, donde los sacerdotes del templo recogían las ofrendas al Señor de Luz.

La torre de la Biblioteca se alzaba diez plantas por encima del suelo y era una continuación de la torre subterránea. Era idéntica a la parte bajo tierra, con el mismo recubrimiento de mármol blanco; sin embargo, en la superficie el blanco inmaculado estaba roto por arbotantes de granito de la Sombra que surgían del suelo y agarraban la torre como si de una gran mano negra se tratara. El tejado de la torre estaba compuesto de tejas rojas de arcilla y decorado con vidriagón, ámbar y oro.

El Palacio de la Senescalía era el centro del poder de la ciudad de Asshai de la Sombra, la residencia del Gran Senescal de la ciudad, su oficina personal, las dependencias del Gran Consejo y las de la Junta de Notables de la ciudad estaban en su interior. El palacio era de la misma arenisca roja que recubría toda la ciudad, pero en él destacaban grandes placas de granito gris en las que se narraba en relieve la historia de Asshai desde su fundación en tiempos inmemoriales. Su fachada, principalmente lisa, estaba rota por los mencionados paneles de granito y por cuatro torreones de arenisca.

La Casa del Oro no destacaba por su opulencia: de ladrillo rojo y con tejado de arcilla se mimetizaba con los edificios de alrededor. Aun así, por dentro era absolutamente deslumbrante: suelos de mármol blanco y negro ornamentados con oro, columnas de pórfido verde adornadas con motivos vegetales, y un largo mostrador de madera, cristal y jade presidiendo la estancia. En aquel edificio se controlaba el capital de la ciudad y del mundo. La Casa del Oro de Asshai prestaba dinero a las más importantes organizaciones, desde el Banco de Hierro de Braavos a los Trece de Qarth.